

En el año 42, el rey Agripa I persigue a los cristianos y encarcela a Pedro, que es milagrosamente liberado y logra huir. Sobre su llegada a Roma hay muchos testimonios. Fue Pedro quien organizó allí la primera comunidad. Desde allí escribió las dos cartas que aparecen en el Nuevo Testamento.

En una carta a sus lejanos fieles, Pedro alude a su próxima muerte. Es probable que fuera crucificado en la colina en la que fue enterrado. Según Orígenes, Pedro pidió ser crucificado boca abajo, por no considerarse digno de hacerlo al revés. Sobre el lugar del martirio fue erigido por el Papa Anacleto un monumento, donde el Emperador Constantino hizo construir una Basílica y donde se alza hoy la Basílica de San Pedro.

La antigua tradición cristiana
testifica unánimemente que la muerte de san Pablo tuvo lugar como consecuencia
del martirio sufrido aquí en Roma. Los escritos del Nuevo Testamento no recogen
el hecho. Los Hechos de los Apóstoles terminan su relato aludiendo a la
condición de prisionero del Apóstol, que sin embargo podía recibir a todos
aquellos que lo visitaban (cf. Hch 28, 30-31). Sólo en la segunda carta a
Timoteo encontramos estas palabras suyas premonitorias: "Porque yo estoy a
punto de ser derramado en libación, y ha llegado el momento de desplegar las
velas" (2 Tm 4, 6; cf. Flp 2, 17). Aquí se usan dos imágenes: la cultual
del sacrificio, que ya había utilizado en la carta a los Filipenses,
interpretando el martirio como parte del sacrificio de Cristo; y la marinera,
de soltar las amarras: dos imágenes que, juntas, aluden discretamente al
acontecimiento de la muerte, y de una muerte cruenta.
El primer testimonio explícito sobre el final de san Pablo nos viene de la mitad de los años 90 del siglo I y, por tanto, poco más
de treinta años después de su muerte efectiva. Se trata precisamente de la
carta que la Iglesia de Roma, con su obispo Clemente I, escribió a la Iglesia
de Corinto. En ese texto epistolar se invita a tener ante los ojos el ejemplo
de los Apóstoles e, inmediatamente después de mencionar el martirio de Pedro,
se lee así: "Por los celos y la discordia, san Pablo se vio obligado a
mostrarnos cómo se consigue el premio de la paciencia. Arrestado siete veces,
exiliado, lapidado, fue el heraldo de Cristo en Oriente y en Occidente; y, por
su fe, consiguió una gloria pura. Tras haber predicado la justicia en todo el
mundo y tras haber llegado hasta el extremo de Occidente, sufrió el martirio
ante los gobernantes; así partió de este mundo y llegó al lugar santo,
convertido así en el mayor modelo de paciencia" (1 Clem 5, 2).
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