Hay historias que un pueblo no olvida, porque en ellas reconoce que la vida es un don.
El 6 de mayo de 1613, durante la celebración de la misa dominical en la iglesia de Santa María de Iria Flavia, un rayo cayó sobre el templo. El impacto causó grandes daños materiales y destruyó una de sus torres. Pero, en medio del estruendo, ocurrió lo que la memoria creyente guardó como un signo de protección: no murió nadie.
Aquel día se celebraba la fiesta de san Juan ante portam latinam, recuerdo de la antigua tradición del martirio frustrado del apóstol san Juan. Desde entonces, la devoción popular quiso llamar a aquel santo con un nombre nacido de la experiencia y de la gratitud: San Juan del Rayo.
Y así, desde hace más de cuatro siglos, Iria y Padrón celebran esta fiesta como quien vuelve a decir: gracias. Gracias por la vida preservada. Gracias por la fe que sostiene. Gracias por un pueblo que sabe transformar el sobresalto en memoria, y la memoria en celebración.
Hoy, al celebrar a San Juan del Rayo, pidamos también nosotros aprender a reconocer la mano de Dios en nuestra historia, especialmente en esos momentos en los que parecía que todo temblaba… y, sin embargo, la vida siguió adelante.
San Juan del Rayo, ruega por nosotros.











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