domingo, 28 de junio de 2026

XIII Domingo del Tiempo Ordinario, A

Hoy Jesús nos pide que lo amemos por encima de todo, no porque quiera apartarnos de las personas que amamos, sino porque solo cuando Él ocupa el centro de nuestra vida aprendemos a quererlas de verdad: sin poseerlas, sin exigirles que llenen nuestros vacíos y sin convertirlas en el fundamento de nuestra felicidad. Nos invita también a tomar nuestra cruz, esa que a veces pesa y que nadie más alcanza a ver: nuestras heridas, nuestros cansancios, nuestras renuncias y las luchas que llevamos en silencio. No nos promete una vida sin dolor, pero sí nos asegura que, caminando tras sus pasos, ningún sufrimiento será inútil y ninguna lágrima caerá en el olvido. Hoy comprendemos que perder la vida por Él no significa dejar de vivir, sino dejar de vivir únicamente para nosotros; es entregarnos, servir, perdonar y acercarnos a quien necesita un poco de consuelo. Quizá no podamos realizar grandes obras, pero siempre podemos ofrecer ese «vaso de agua fresca»: una palabra que anime, una escucha paciente, una presencia sincera o una mano que no abandona. Y eso nos conmueve, porque Jesús no nos pide hazañas imposibles; nos pide un corazón disponible, capaz de reconocerlo y recibirlo en los pequeños, sabiendo que hasta el gesto de amor más sencillo, cuando nace de Él, tiene sabor de eternidad.

sábado, 20 de junio de 2026

XII Domingo del Tiempo Ordinario, A

Jesús repite hoy con fuerza: «No tengáis miedo». Sabe que muchas veces el temor se cuela en nuestro corazón: miedo al rechazo, a sufrir, a quedarnos solos o a no estar a la altura. Pero no nos pide que finjamos ser valientes ni que ocultemos nuestras heridas; nos invita a confiar en el Padre, que conoce hasta el último cabello de nuestra cabeza y para quien cada persona posee un valor inmenso. Cuando vivimos sostenidos por su amor, ya no necesitamos esconder nuestra fe, avergonzarnos del Evangelio ni callar ante la injusticia. Dar testimonio de Cristo no consiste siempre en pronunciar grandes discursos, sino en vivir con verdad, tratar a los demás con misericordia, defender al débil y mantener la esperanza cuando todo parece oscuro. Quizá nuestra voz tiemble y nuestras fuerzas sean pequeñas, pero nunca caminamos solos: Dios nos ve, nos cuida y permanece a nuestro lado. Quien se sabe amado por Él puede atravesar las dificultades sin perder la paz, porque comprende que ningún fracaso, ninguna crítica, ningún sufrimiento y ni siquiera la muerte tienen la última palabra. Hoy Jesús nos toma de la mano y nos recuerda: «Tú vales mucho para Dios; no tengas miedo de vivir, de amar y de mostrar con tu vida que me perteneces».

domingo, 7 de junio de 2026

¡Bendito y alabado!

 


Hoy celebramos el Corpus Christi

Hoy celebramos la solemnidad del Corpus Christi, el día en que la Iglesia sale a la calle para decir, con sencillez y con alegría: Dios no se ha quedado lejos.

En la Eucaristía, Jesús se hace pequeño, cercano, humilde. Se nos da como Pan partido, como alimento para el camino, como presencia que sostiene cuando faltan las fuerzas. No viene con ruido ni con espectáculo; viene en el silencio de una Hostia, en la pobreza de un altar, en la belleza de una procesión que recuerda al mundo que Cristo sigue caminando con su pueblo.

Corpus Christi nos invita a mirar la Eucaristía con el corazón despierto. Ahí está el Señor: el mismo que curó heridas, levantó a los caídos, consoló a los tristes y se entregó por amor. Y desde ese Pan vivo nos enseña también a hacernos pan para los demás: a compartir, a acompañar, a cuidar, a no pasar de largo ante quien sufre.

Hoy, al contemplar a Jesús Sacramentado, podemos decirle:
Señor, quédate con nosotros. Quédate en nuestras casas, en nuestras familias, en nuestras calles, en nuestras heridas y en nuestras esperanzas. Haz de nuestra vida una prolongación de tu amor.

Porque donde está la Eucaristía, allí late el corazón de la Iglesia.
Y donde Cristo se entrega, comienza siempre una vida nueva.

Feliz solemnidad del Corpus Christi.

sábado, 23 de mayo de 2026

Domingo de la solmenidad de Pentecostés

 En el evangelio de Pentecostés, los discípulos están encerrados por miedo, y Jesús se presenta en medio de ellos diciendo: «Paz a vosotros». No les reprocha su cobardía ni sus dudas; les muestra sus heridas y les regala su Espíritu. Así actúa Dios con nosotros: entra en nuestras puertas cerradas, en nuestros miedos, cansancios y heridas, para devolvernos la paz y enviarnos de nuevo a la vida. Pentecostés nos recuerda que ser cristianos no es vivir sin dificultades, sino dejarnos llenar por el Espíritu Santo para amar más, perdonar mejor y llevar esperanza allí donde hay tristeza o división. Como los discípulos, también nosotros somos enviados: no con nuestras solas fuerzas, sino con el aliento de Jesús, que nos sostiene y nos hace testigos de su alegría.