
Hay
lugares que no se comprenden con los mapas, sino con el corazón. Padrón es uno
de ellos. Fue aquí, en las tierras de Iria Flavia, donde la tradición sitúa a
Santiago anunciando el Evangelio durante años. No encontró aplausos ni
multitudes, sino caminos difíciles y corazones por conquistar. Pero quien
siembra para Dios nunca mide el fruto por la inmediatez.
Cuando
Santiago entregó su vida por Cristo en Jerusalén, parecía que todo había
terminado. Sin embargo, el amor verdadero nunca escribe un punto final. Sus
discípulos, Teodoro y Atanasio, trajeron el cuerpo de su maestro de regreso a
estas tierras, pues según una antigua tradición, cada apóstol debía descansar
allí donde había anunciado a Cristo. Desde el puerto de Haffa, llegaron hasta
el puerto del Murgadán, en Padrón y, desde aquí, comenzó un viaje que marcaría
para siempre nuestra historia.
La
tradición cuenta que aquellas tierras estaban gobernadas por Atia, -más
conocida como reina Lupa-, pero con el permiso de los romanos. Permitir que el
apóstol, un hombre ejecutado por los romanos, fuera enterrado en sus dominios,
podría costarle el gobierno de su matriarcado. Con admirable astucia, encontró
una solución: dijo a Teodoro y Atanasio que colocaran el cuerpo del Apóstol
sobre un carro tirado por bueyes y se dirigieran hacia el norte. Allí donde los
animales se detuvieran, podrían darle sepultura. Atia sabía que, al alcanzar la
cima del monte Libredón, los bueyes abandonarían sus dominios y ella no tendría
que dar explicaciones a Roma. Dios, sin embargo, a partir de esta, tenía
escrita otra historia.
Desde
Padrón hasta el Libredón todo es subida. También lo son muchas veces nuestros
días. Hay cuestas que cansan, heridas que pesan y momentos en los que parece
más fácil detenerse que continuar. Pero aquellos bueyes siguieron avanzando,
paso a paso, como si una mano invisible guiara su camino hacia el lugar elegido
desde siempre.
Quizá
ese sea el gran mensaje de la solemnidad de Santiago: Dios puede servirse
incluso de las decisiones y los cálculos de los hombres para cumplir sus
planes. Lo que parecía una solución nacida del miedo, e incluso del egoísmo
humano, acabó convirtiéndose, en las manos de Dios, en el comienzo de una
historia de fe que ha iluminado a millones de personas durante siglos.
Hoy,
al celebrar la memoria del Apóstol Santiago, volvemos la mirada agradecida
hacia Padrón, donde comenzó esta historia de esperanza. Y recordamos que,
cuando ponemos nuestra vida en manos de Dios, ninguna cuesta es inútil. Porque
Él sigue guiando nuestros pasos hacia una cima que muchas veces no alcanzamos a
imaginar, pero donde Él siempre nos espera con un horizonte más grande del que
jamás hubiéramos soñado.