Cuando María aparece, no viene a quitarnos la mirada de Cristo, sino a llevarnos más cerca de Él.
La Virgen de Fátima se presentó a unos niños sencillos para recordarle al mundo algo que nunca pasa de moda: Dios no se cansa de buscarnos, incluso cuando la humanidad parece olvidarse de Él.
Su mensaje sigue tocando el corazón: volver a la oración, abrirnos a la conversión, confiar en la misericordia de Dios y trabajar por la paz empezando por nuestra propia vida. Porque la paz no nace solo en los grandes despachos; empieza también en una familia que reza, en un corazón que perdona, en una persona que se atreve a cambiar.
María, como buena Madre, no grita: acompaña. No impone: invita. No nos señala desde lejos: camina con nosotros y nos dice, una y otra vez: “Haced lo que Él os diga”.
Que la Virgen de Fátima nos enseñe a mirar el mundo con esperanza, a rezar con confianza y a poner nuestra vida en manos de Dios.
Virgen de Fátima, ruega por nosotros.

















