En el Evangelio de hoy, Jesús nos recuerda que lo más importante de nuestra fe se resume en una palabra: AMAR. Amar a Dios con todo el corazón y amar al prójimo como a nosotros mismos. Parece sencillo, pero ¡cuánto nos cuesta a veces llevarlo a la vida! Porque amar no consiste solo en decir palabras bonitas o tener buenos sentimientos. Amar es estar cerca de quien nos necesita, escuchar sin prisas, perdonar aunque duela, tender la mano sin esperar nada a cambio. Y es precisamente en esos pequeños gestos cotidianos donde nuestro amor a Dios se hace visible. No podemos separar el amor a Dios del amor a los demás, porque cada persona es alguien a quien Dios ama. Quizá hoy Jesús nos invita a hacernos una pregunta: ¿se nota, en mi manera de tratar a los demás, que creo en un Dios que es amor? Porque, al final, la fe no se demuestra solo con lo que decimos, sino también con la manera en que amamos.
Blog de la Parroquia de Padrón
sábado, 24 de octubre de 2026
martes, 20 de octubre de 2026
miércoles, 14 de octubre de 2026
Domingo XXIX del Tiempo Ordinario, A
«Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (Mt 22, 21). Con estas palabras, Jesús nos recuerda algo que fácilmente olvidamos: vivimos en el mundo, pero nuestro corazón está llamado a algo mucho más grande. Cumplir nuestras responsabilidades, trabajar por una sociedad más justa y contribuir al bien común forma parte de nuestra vida cristiana. Pero hay algo que no podemos entregar a ningún poder humano: nuestra conciencia y nuestra fidelidad a Dios. La moneda llevaba grabada la imagen del César y, por eso, le pertenecía. Pero nosotros llevamos grabada una imagen mucho más valiosa: la de Dios, que nos creó por amor. ¡Qué hermoso descubrir que nuestra vida lleva su huella! A veces damos tanto de nosotros mismos a las preocupaciones y exigencias de cada día que terminamos olvidando a quién pertenecemos de verdad. Jesús nos invita hoy a recuperar lo esencial: dar a Dios lo que es suyo, que no es otra cosa que nuestro corazón y nuestra vida entera. Porque cuando Dios ocupa el lugar que le corresponde, no nos alejamos del mundo, sino que aprendemos a vivir en él con más amor y compromiso.
lunes, 12 de octubre de 2026
jueves, 8 de octubre de 2026
miércoles, 7 de octubre de 2026
Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario A
Dios no se cansa de invitarnos. El Evangelio de este domingo nos presenta una boda, una mesa preparada y una invitación abierta, pero también nos recuerda que podemos estar tan ocupados con nuestras cosas que terminemos dejando pasar lo verdaderamente importante. Dios nos llama a compartir su vida, su alegría, su amor, y lo hace una y otra vez, incluso cuando nosotros respondemos con indiferencia. Pero aceptar su invitación no consiste simplemente en “estar” cerca de Él: significa dejar que su amor nos cambie por dentro, revestir nuestra vida de misericordia, de perdón, de entrega y de una fe que se traduzca en obras. La buena noticia es que en el banquete de Dios hay sitio para todos; nadie queda excluido de antemano. La pregunta es si estamos dispuestos a entrar de verdad, a dejar atrás nuestras excusas y a vivir como quien ha descubierto que ha sido invitado a algo inmensamente grande: una vida nueva con Dios y con los demás.
sábado, 3 de octubre de 2026
Domingo XXVII del Tiempo Ordinario, A
Dios nos ha confiado una viña: nuestra vida, nuestra familia, nuestra comunidad, nuestros dones, nuestro tiempo… y espera que todo ello dé fruto. En el Evangelio de hoy, Jesús nos habla de unos viñadores que terminan comportándose como dueños de aquello que solo habían recibido para cuidar; se olvidan de quién les confió la viña y rechazan incluso al hijo del propietario. También nosotros podemos caer en la tentación de vivir como si todo nos perteneciera, como si no tuviéramos que responder ante nadie de lo que hacemos con nuestra vida. Pero Dios no viene a quitarnos nada: viene a recordarnos que hemos sido llamados a dar fruto, a hacer crecer a nuestro alrededor el amor, la justicia, el perdón, la acogida y la esperanza. Cada día es una nueva oportunidad para cuidar la viña que Él ha puesto en nuestras manos. Quizá no podamos hacer cosas extraordinarias, pero sí podemos amar mejor, escuchar más, perdonar de corazón, acompañar a quien está solo y hacer el bien allí donde estamos. La pregunta que este Evangelio deja hoy en nuestro corazón es sencilla y exigente: ¿qué frutos está encontrando Dios en la viña de mi vida? No tengamos miedo de abrirle las puertas al Señor, porque cuando dejamos que Él ocupe su lugar, nuestra vida no se hace más pequeña: se vuelve más fecunda, más plena y capaz de dar frutos que pueden transformar también la vida de los demás.
miércoles, 30 de septiembre de 2026
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