María nos recuerda que creer no significa tener todas las respuestas ni vivir sin dificultades. Ella conoció la incertidumbre, el dolor, la espera y también la alegría. Pero en cada momento permaneció abierta a la voluntad de Dios. Su grandeza no está en haberse alejado de la vida cotidiana, sino precisamente en haber vivido lo cotidiano con una fe extraordinaria: acogiendo, sirviendo, acompañando y permaneciendo junto a Jesús hasta el final.
Celebrar a Nuestra Señora de la Esclavitud es también renovar nuestra confianza en su cercanía maternal. Ante ella podemos presentar nuestras alegrías y nuestras preocupaciones, nuestras familias, nuestros enfermos, a quienes atraviesan momentos de dificultad, a quienes buscan esperanza y a quienes necesitan encontrar de nuevo un camino. María no ocupa el lugar de Cristo, sino que nos conduce siempre hacia Él. Como en Caná, continúa diciéndonos: «Haced lo que Él os diga».
Que esta fiesta no sea solamente una hermosa tradición que repetimos cada año, sino una ocasión para renovar nuestra fe y nuestra manera de vivir. María nos invita a confiar más, a servir mejor, a mirar a los demás con compasión y a mantener encendida la esperanza incluso cuando el camino se vuelve difícil.
En este día de fiesta, pedimos especialmente a Nuestra Señora de la Esclavitud que proteja a nuestra parroquia de Santa María de Cruces, acompañe a cada uno de nuestros hogares y nos ayude a construir una comunidad cada vez más unida, acogedora y fiel al Evangelio.
Nuestra Señora de la Esclavitud, ruega por nosotros.









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