viernes, 30 de octubre de 2026

Todos los Santos

 En este día de Todos los Santos, las bienaventuranzas nos acercan al corazón de Jesús y nos muestran un camino de felicidad que podemos recorrer cada día: confiar en Dios, vivir con un corazón limpio, tener misericordia, buscar la justicia y sembrar paz. Jesús llama dichosos también a quienes lloran y a quienes sufren por hacer el bien, porque Dios conoce sus heridas y les promete consuelo y vida. Estas palabras pueden sostenernos cuando estamos cansados, cuando nos cuesta perdonar o cuando sentimos que nuestro esfuerzo pasa inadvertido. Hoy celebramos a quienes ya gozan de la presencia de Dios: santos conocidos y muchas personas anónimas que, sostenidas por su gracia, aprendieron a amar en medio de sus dificultades. Su vida nos recuerda que también nosotros estamos llamados a la santidad. Ese camino comienza en situaciones muy concretas: escuchar con paciencia, acompañar a quien está solo, pedir perdón, compartir lo que tenemos o defender a quien recibe un trato injusto. Dejemos que Jesús transforme nuestro corazón y nos enseñe a vivir sus bienaventuranzas. Hoy, alguien puede descubrir un poco del amor de Dios a través de nosotros.

Domingo XXXI del Tiempo Ordinario, A

Nos hace bien encontrarnos con personas que cumplen su palabra y nos ayudan sin esperar nada a cambio. En el Evangelio de hoy, Jesús nos invita a vivir así: con una fe que se reconozca en nuestra manera de tratar a los demás. Sus palabras sobre quienes «dicen, pero no hacen» nos animan a revisar con sinceridad nuestra vida: lo que exigimos a otros, las cargas que añadimos y nuestra necesidad de reconocimiento. Todos necesitamos aprender a amar con más humildad. Jesús nos recuerda que tenemos un mismo Padre y que somos hermanos; por eso, cada responsabilidad que recibimos es una oportunidad para servir. En casa, en el trabajo y en la comunidad podemos comenzar con gestos sencillos: cumplir una promesa, reconocer un error, escuchar con atención o ayudar a quien está desbordado. Así vamos dejando que el Evangelio transforme nuestra vida desde dentro. Pidamos al Señor que nos ayude a convertir nuestras palabras en obras y nos regale un corazón dispuesto a cuidar. Hoy podemos hacer más fácil la vida de alguien: ahí tenemos una hermosa manera de mostrar el amor de Dios.

sábado, 24 de octubre de 2026

Domingo XXX del Tiempo Ordinario, A

 En el Evangelio de hoy, Jesús nos recuerda que lo más importante de nuestra fe se resume en una palabra: AMAR. Amar a Dios con todo el corazón y amar al prójimo como a nosotros mismos. Parece sencillo, pero ¡cuánto nos cuesta a veces llevarlo a la vida! Porque amar no consiste solo en decir palabras bonitas o tener buenos sentimientos. Amar es estar cerca de quien nos necesita, escuchar sin prisas, perdonar aunque duela, tender la mano sin esperar nada a cambio. Y es precisamente en esos pequeños gestos cotidianos donde nuestro amor a Dios se hace visible. No podemos separar el amor a Dios del amor a los demás, porque cada persona es alguien a quien Dios ama. Quizá hoy Jesús nos invita a hacernos una pregunta: ¿se nota, en mi manera de tratar a los demás, que creo en un Dios que es amor? Porque, al final, la fe no se demuestra solo con lo que decimos, sino también con la manera en que amamos.

miércoles, 14 de octubre de 2026

Domingo XXIX del Tiempo Ordinario, A

 «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (Mt 22, 21). Con estas palabras, Jesús nos recuerda algo que fácilmente olvidamos: vivimos en el mundo, pero nuestro corazón está llamado a algo mucho más grande. Cumplir nuestras responsabilidades, trabajar por una sociedad más justa y contribuir al bien común forma parte de nuestra vida cristiana. Pero hay algo que no podemos entregar a ningún poder humano: nuestra conciencia y nuestra fidelidad a Dios. La moneda llevaba grabada la imagen del César y, por eso, le pertenecía. Pero nosotros llevamos grabada una imagen mucho más valiosa: la de Dios, que nos creó por amor. ¡Qué hermoso descubrir que nuestra vida lleva su huella! A veces damos tanto de nosotros mismos a las preocupaciones y exigencias de cada día que terminamos olvidando a quién pertenecemos de verdad. Jesús nos invita hoy a recuperar lo esencial: dar a Dios lo que es suyo, que no es otra cosa que nuestro corazón y nuestra vida entera. Porque cuando Dios ocupa el lugar que le corresponde, no nos alejamos del mundo, sino que aprendemos a vivir en él con más amor y compromiso.