viernes, 6 de marzo de 2026

III Domingo de Cuaresma, A

En el evangelio de este domingo contemplamos el encuentro de Jesús con la samaritana junto al pozo de Jacob. Jesús inicia el diálogo pidiéndole de beber, pero poco a poco conduce la conversación hacia una verdad más profunda: el corazón humano tiene una sed que el agua material no puede apagar. Con delicadeza, Jesús revela a la mujer su propia vida y le ofrece el "agua viva", que es la vida nueva que Dios da por medio de su gracia. Este pasaje nos recuerda que muchas veces buscamos saciar nuestra sed de felicidad en cosas pasajeras, pero solo Cristo puede llenar verdaderamente el corazón. Él no rechaza a nadie, sino que sale al encuentro de cada persona para ofrecerle una vida nueva.

El diálogo termina transformando a la mujer en testigo. Después de encontrarse con Jesús, deja su cántaro y corre al pueblo para anunciar lo que ha vivido. Su experiencia muestra que el encuentro con Cristo cambia la vida y despierta el deseo de compartir la fe con los demás. Durante la Cuaresma, la Iglesia nos invita precisamente a esto: a acercarnos a Jesús, reconocer nuestra sed de Dios y abrir el corazón a su gracia. Quien se deja encontrar por Cristo descubre que Él es verdaderamente el Salvador y se convierte, como la samaritana, en portador de esperanza para otros.

lunes, 16 de febrero de 2026

El próximo Miércoles de Ceniza iniciaremos la Cuaresma

Este miércoles la Iglesia celebrará el Miércoles de Ceniza, puerta de entrada al tiempo de Cuaresma. Con este día comenzaremos un camino de 40 días que nos conducirá a la celebración de la Pascua del Señor.

La ceniza que recibiremos en la frente será un signo visible de una realidad interior: todos necesitamos conversión. Al escuchar las palabras “Conviértete y cree en el Evangelio” o “Recuerda que eres polvo y al polvo volverás”, se nos invitará a mirar nuestra vida con sinceridad y esperanza. No se trata de un gesto vacío, sino de una llamada concreta a volver a Dios.

La ceniza, que se obtiene de los ramos bendecidos el Domingo de Ramos del año anterior, nos recordará que la fe es un camino continuo. Lo que un día fue signo de alegría se convierte ahora en llamada a la reflexión y al compromiso.

Durante la Cuaresma, la Iglesia nos propondrá tres medios sencillos para renovar el corazón:

- La oración, para fortalecer nuestra relación con Dios.

- El ayuno, como ejercicio de dominio propio y solidaridad.

- La caridad, que nos impulsa a ayudar a quienes más lo necesitan.

El Miércoles de Ceniza será también día de ayuno y abstinencia, expresión externa de un deseo sincero de cambio interior.

Nos preparamos, entonces, para iniciar este tiempo con humildad y confianza, sabiendo que Dios siempre ofrece su misericordia. Invitamos a todos los fieles a participar en las celebraciones de la parroquia y a disponerse a vivir una Cuaresma fecunda, que nos conduzca a la alegría de la Resurrección.

Misas e intenciones de la parroquia de Padrón


 

viernes, 13 de febrero de 2026

VI Domingo del Tiempo Ordinario, A

En el evangelio de hoy, leemos este pasaje central del Sermón de la Montaña, donde Jesús nos revela que no ha venido a abolir la Ley de Moisés ni las enseñanzas de los Profetas, sino a llevarlas a su plenitud definitiva, mostrándonos que la verdadera justicia supera el mero cumplimiento externo y legalista para adentrarse en la rectitud del corazón. El Señor nos enseña que la observancia de los mandamientos no debe ser un límite mínimo para evitar el castigo, sino un horizonte de amor que requiere una adhesión total de la voluntad, transformando así: nuestras intenciones más íntimas, nuestros deseos ocultos, nuestra relación con el prójimo y nuestra sinceridad ante Dios. De este modo, Cristo nos invita a comprender que la Ley alcanza su perfección cuando dejamos que la caridad sea la que da origen, forma, sentido y finalidad a cada uno de nuestros actos morales.

Profundizando en la raíz de la conducta humana, Jesús utiliza la autoridad divina para radicalizar las exigencias éticas, advirtiéndonos que el pecado no solo reside en el acto consumado, sino que germina en las actitudes interiores que a menudo toleramos o ignoramos. Al contraponer lo antiguo con su «pero yo os digo», el Maestro nos llama a una santidad superior que implica cuatro desafíos concretos: El homicidio empieza cuando se consiente el desprecio; el adulterio se gesta cuando la mirada convierte al otro en objeto; el vínculo matrimonial se protege como un don y una responsabilidad, no como algo descartable; la palabra debe ser tan limpia que no necesite juramentos para resultar creíble. Así, el cristiano está llamado a una coherencia de vida donde su palabra sea un reflejo de la Verdad divina, mostrando al mundo que somos hijos de un Padre que es justo, fiel, veraz y misericordioso.


sábado, 7 de febrero de 2026

V Domingo del Tiempo Ordinario A

Jesús nos mira y nos llama “sal de la tierra” y “luz del mundo”. No lo dice para halagarnos, sino para recordarnos una misión: dar sabor y sentido a la vida desde dentro. La sal no hace ruido, se disuelve; pero cambia el alimento. Así también el discípulo: no vive para destacar, sino para conservar lo bueno, frenar lo que corrompe y despertar el gusto por Dios. Y si la sal se vuelve sosa —si la fe se queda en palabras, rutinas o apariencias— deja de cumplir su tarea. El Evangelio nos pregunta con cariño y claridad: ¿mi manera de vivir ayuda a los demás a encontrar esperanza?

Luego Jesús habla de la luz: no se enciende una lámpara para esconderla, sino para que alumbre. La fe no es un tesoro privado; es una alegría que se nota en obras concretas. “Que vean vuestras buenas obras” no significa buscar aplausos, sino transparentar a Dios con gestos sencillos: una palabra que consuela, una reconciliación, un servicio discreto, una justicia cotidiana, una familia que cuida y perdona. Cuando la luz es auténtica, no nos pone en el centro: lleva a los demás a glorificar al Padre. Eso es lo precioso del cristiano: vivir de tal modo que, al mirarnos, se intuya que Dios es bueno.