
Joaquín y Ana son dos nombres llenos de grandeza a los ojos de Dios, grandeza que se esconde en la sencillez y la humildad de sus vidas.
Ellos se acercaban al ocaso de la vida sin descendencia pero la tardanza no ahogaba los anhelos de Joaquín y Ana. Ellos seguían rezando con esperanza. Las oraciones de Ana fueron escuchadas y un ángel se le apareció en la Puerta Dorada del Templo y le profetizó el nacimiento de una niña que sería la predilecta de Dios.
En el seno estéril de Ana germinó plenitud de la gracia. En sus entrañas se realizó el sublime misterio de la Concepción Inmaculada de María “prodigio de prodigios y abismo de milagros”, dice San Juan Damasceno. “Santa tierra estéril, que al cabo produjo, toda la abundancia que sustenta el mundo”, según se expresa Miguel de Cervantes en “La Gitanilla”.
Todos los antiguos anhelos se habían condensado en Joaquín y Ana, en ellos se iban a cumplir las promesas. Fueron los padres dichosos de la niña María, que Dios luego, la haría la Madre de Jesús y madre nuestra.
El culto a Santa Ana es muy antiguo y anterior al de San Joaquín. En Jerusalén, cerca de la Piscina Probática, está la iglesia de Santa Ana, cerca del templo. Allí vivían, según la tradición, Joaquín y Ana. Y, según la opinión de muchos Padres, ahí nació “la Aurora de nuestra salvación, la Virgen María”.
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