viernes, 1 de febrero de 2013

IV Domingo del Tiempo Ordinario

El texto evangélico de hoy nos muestra el desenlace de la escena de la sinagoga de Nazaret. Es difícil explicar el cambio que dan los oyentes desde la aprobación admirativa al odio mortal hacia Jesús, cuando éste les dice que, al igual que los profetas Elías y Eliseo, él no ha sido enviado sólo a los judíos. Los paisanos de Jesús, que lo conocieron desde pequeño, son incapaces de superar el escándalo de la encarnación de Dios en la raza humana. ¿Es que puede ser el mesías el hijo de María y José? ¡Imposible!
Lucas -cuyo evangelio leemos en este ciclo- adelanta ya al comienzo de la predicación de Cristo la suerte final del mismo. Rechazados él y su mensaje por el pueblo judío, su evangelio de salvación alcanzará a otros pueblos. Se inaugura así la misión entre los paganos o gentiles, tema querido de Lucas y que expondrá sobre todo en el libro de los Hechos de los Apóstoles.
Dos ideas mayores se desprenden del texto profético que Cristo convierte en su programa de acción: 1ª. Jesús se declara como el Ungido por el Espíritu. 2ª Para la liberación del hombre. El aspecto de la liberación ha sido el tema del domingo pasado. En el presente nos fijaremos en el Espíritu que constituye a Jesús mesías (= ungido), el Espíritu que habló por los profetas (1ª lectura), y que actúa en nuestra propia existencia y en la comunidad eclesial con los múltiples carismas y dones del Espíritu, a los que da unidad y valor el mayor de todos ellos: el amor de Dios derramado en nuestros corazones (2ª lectura).
Es un triste hecho de experiencia: el Espíritu Santo no es suficientemente conocido y vivenciado por la mayoría de los cristianos. Vale la pena dedicar nuestra reflexión y anuncio de hoy a la persona trinitaria del Espíritu, a su relación con Jesús, y a su acción en la vida y misión de la Iglesia.
 
"Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida" La personalización del Espíritu de Dios no aparece en todo el Antiguo Testamento, sino en la revelación neotestamentaria, al realizarse también la personalización de la Palabra eterna de Dios por la encarnación de la segunda persona de la Santísima Trinidad, el Hijo. A partir de ese momento la relación entre el Espíritu y Cristo se expresa en términos personales, como de hecho lo es en el círculo trinitario en que viven estas personas preexistentes. Una Palabra personal pide un Espíritu personal también. Por eso, cuando Jesús se despedía de sus discípulos, se refirió al Espíritu (cinco veces) en términos personales e individualizantes: "otro" defensor, Espíritu de verdad, Espíritu Santo; y especificó sus tareas concretas.
 
Sin embargo, tratar de adentrarnos en el ámbito del Espíritu, hemos de reconocer nuestra connatural dificultad para captar y expresar el misterio estremecedor y fascinante de Dios Espíritu.
 
Para algunos cristianos el Espíritu Santo aparece en el horizonte de su fe y vida religiosa como una persona de categoría inferior dentro de la Santísima Trinidad, con una naturaleza, misión y actividad abstractas y menos definidas que el Padre o el Hijo. La tercera persona parece serlo también en rango. Quizá sea ésta la primera causa de un malentendido.
 
No obstante, el Espíritu es Dios como el Padre y el Hijo, pues es el Espíritu de ambos, actuando en igualdad con el Padre y el Hijo desde el principio del proyecto salvador de Dios para la humanidad. Es lo que confesamos en el credo o profesión de fe: "Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas".
 
Acción del Espíritu en la Iglesia. En Cristo Jesús, que era Dios y hombre, el rostro invisible de Dios se nos hizo próximo y perceptible hasta cierto punto. Jesús habló mucho de Dios Padre y de sí mismo como el Hijo enviado por Él; también, hacia el fin de su vida, mencionó y prometió repetidas veces, el Espíritu Santo. Además de estas referencias de los Evangelios al Espíritu, encontramos otras en los Hechos y en las Cartas apostólicas, con relación a la acción del Espíritu en la comunidad de la Iglesia, en la asamblea de los bautizados en Cristo.
Llegada la plenitud del tiempo mesiánico mediante el reino de Dios que Jesús inaugura, el Espíritu se derrama sobre todo creyente y sobre la comunidad de fe que es la Iglesia. En ella se continúa la misión de Cristo mediante el envío y acción del Espíritu, que es visto como fuerza e irradiación de Cristo resucitado y como prolongación de su presencia y acción en la historia humana, en el mundo y en la comunidad pascual que es el pueblo de Dios, la Iglesia.

Pues bien, el don del Espíritu no es exclusivo de la jerarquía eclesiástica, como lo demuestran los textos paulinos sobre la diversidad y unidad de los dones espirituales, los criterios de su autenticidad y la primacía que, entre los carismas, ostenta la caridad o amor cristiano (2ª lectura). No puede haber comunidad sin comunión, sin amor; es decir, sin el Espíritu de Dios que es su amor en nosotros. Así, un mismo y único Espíritu es el que anima la vida interna de la Iglesia y su proyección misionera.

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