El Evangelio de este domingo nos muestra algo muy humano: el juicio rápido, el dedo acusador, las ganas de señalar al otro para sentirse mejor uno mismo. Los fariseos traen ante Jesús a una mujer sorprendida en adulterio, no porque les importe la justicia, sino para ponerlo a prueba. Pero Jesús no cae en la trampa. No responde con dureza, no se deja llevar por el escándalo. Simplemente se agacha y escribe en el suelo, y luego lanza una frase que desarma a todos: “El que esté sin pecado, que tire la primera piedra”. Esas palabras no sólo frenan la violencia, también hacen que cada uno mire su propia vida. Nadie lanza una piedra. Todos se van. Solo quedan Jesús y la mujer.
Y lo que viene después es aún más hermoso: Jesús no le echa en cara nada, no la condena, no la humilla. Solo le dice: “Tampoco yo te condeno. Vete, y no peques más”. Este gesto de Jesús es puro Evangelio: misericordia, perdón, nueva oportunidad. No justifica el pecado, pero nunca deja de mirar a la persona con amor. En esta Cuaresma, este pasaje nos anima a soltar las piedras que llevamos dentro: juicios, rencores, culpas. Y nos recuerda que Dios no se cansa de levantarnos. No importa lo que hayas hecho ni cuántas veces hayas caído. Si dejas que Jesús te mire como a esa mujer, con compasión y verdad, vas a descubrir que siempre hay un camino nuevo por delante.
Y lo que viene después es aún más hermoso: Jesús no le echa en cara nada, no la condena, no la humilla. Solo le dice: “Tampoco yo te condeno. Vete, y no peques más”. Este gesto de Jesús es puro Evangelio: misericordia, perdón, nueva oportunidad. No justifica el pecado, pero nunca deja de mirar a la persona con amor. En esta Cuaresma, este pasaje nos anima a soltar las piedras que llevamos dentro: juicios, rencores, culpas. Y nos recuerda que Dios no se cansa de levantarnos. No importa lo que hayas hecho ni cuántas veces hayas caído. Si dejas que Jesús te mire como a esa mujer, con compasión y verdad, vas a descubrir que siempre hay un camino nuevo por delante.
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