El Evangelio de este domingo nos regala una de las parábolas más hermosas y conocidas de Jesús: la del hijo pródigo, o mejor dicho, la del padre misericordioso. Es una historia que nos habla de un amor que no se cansa, que espera, que perdona, que abraza. Ese padre que corre al encuentro de su hijo perdido es la imagen viva de Dios, que nunca deja de amarnos, aunque nos alejemos de Él. Y ese hijo que regresa, roto por dentro y avergonzado, somos muchas veces nosotros. La buena noticia es que no hay caída tan grande que nos impida volver a la casa del Padre.
Pero también está el hijo mayor, el que nunca se fue, pero que tampoco entendió del todo el corazón del padre. A veces nosotros también caemos en esa actitud: cumplimos con lo que toca, pero nos falta alegría, nos falta misericordia con los demás. Hoy Jesús nos invita a mirar a Dios como un Padre que siempre nos espera con los brazos abiertos, y a nosotros mismos como hermanos llamados a celebrar, no a juzgar. Que esta Cuaresma sea un tiempo para volver a casa, para dejarnos abrazar por Dios y para aprender a mirar a los demás con los ojos de su amor.
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