jueves, 15 de enero de 2026

II Domingo del Tiempo Ordinario, A

Imagina por un momento la escena: Juan el Bautista, un hombre austero y curtido, ve acercarse a Jesús entre la multitud y su corazón da un vuelco. No lo señala como un juez severo ni como un rey poderoso, sino con una imagen que desborda ternura y entrega: «Este es el Cordero de Dios». Al decir esto, Juan nos está presentando a un Dios que no viene a aplastarnos con su poder, sino a cargar sobre sus hombros todo aquello que nos pesa, nos duele y nos aleja del amor. Jesús es el "Cordero" porque se hace vulnerable por nosotros; es quien tiene la fuerza de «quitar el pecado del mundo», liberándonos de nuestras equivocaciones, de nuestras heridas y de esa soledad que a veces sentimos. En un mundo donde a menudo nos definimos por nuestros fallos o por lo que tenemos, Jesús nos mira y nos ofrece una página en blanco, asumiendo Él mismo nuestras cargas para que nosotros podamos caminar ligeros y en paz.

Pero Juan no se queda solo en la emoción del encuentro; da un paso más allá y se convierte en testigo: «Yo lo he visto y doy testimonio». Algo que destaca en este relato es la humildad de Juan, quien reconoce que al principio "no lo conocía" del todo, pero que supo ver en Jesús el descenso del Espíritu Santo. La fe no es saberse todas las respuestas de memoria, sino estar atentos a cómo Dios se hace presente en nuestra vida cotidiana. El Bautista nos invita hoy a no guardarnos la alegría para nosotros mismos. Si has sentido alguna vez que Dios te perdonaba, que te consolaba o que te daba fuerzas cuando no las tenías, estás invitado a hacer lo mismo que Juan: señalar a Jesús con tu vida y decirles a los demás, con sencillez: «Mirad, ahí está quien da sentido a todo, el Hijo de Dios».

No hay comentarios:

Publicar un comentario