La noche del pasado 5 de enero no fue una noche cualquiera; el cielo parecía brillar con una intensidad distinta mientras nuestras calles se llenaban de la alegría desbordante de la Cabalgata de Reyes. Sin embargo, las imágenes más conmovedoras de la jornada no ocurrieron entre el bullicio de las carrozas, sino en el recogimiento del hogar de Dios: nuestra iglesia parroquial.
Siguiendo la estrella que guía a todo corazón inquieto, Sus Majestades de Oriente descendieron de sus tronos para entrar en el templo. Allí, en un gesto de profunda humildad, los Magos se despojaron de su realeza terrenal para arrodillarse ante la verdadera grandeza: el Niño Jesús.
En ese momento, el oro, el incienso y la mirra pasaron a un segundo plano ante la ofrenda más valiosa: la oración y el respeto al Dios hecho hombre. Fue un recordatorio visual de que la verdadera Navidad conduce siempre al Sagrario.
Tras este encuentro con el Divino, Melchor, Gaspar y Baltasar, con el corazón renovado, dedicaron su tiempo a atender a las decenas de familias que abarrotaban la iglesia. Entre risas, miradas de asombro y alguna lágrima de emoción, los Reyes escucharon los deseos de los más pequeños y bendijeron con su presencia a los padres, recordándonos a todos que la fe se transmite en la ternura y en la alegría compartida.
Una velada inolvidable donde la tradición se hizo oración, y donde pudimos ver, a través de los ojos de los niños, el verdadero misterio de la Epifanía: Dios se manifiesta a quien lo busca con corazón sencillo.
Siguiendo la estrella que guía a todo corazón inquieto, Sus Majestades de Oriente descendieron de sus tronos para entrar en el templo. Allí, en un gesto de profunda humildad, los Magos se despojaron de su realeza terrenal para arrodillarse ante la verdadera grandeza: el Niño Jesús.
En ese momento, el oro, el incienso y la mirra pasaron a un segundo plano ante la ofrenda más valiosa: la oración y el respeto al Dios hecho hombre. Fue un recordatorio visual de que la verdadera Navidad conduce siempre al Sagrario.
Tras este encuentro con el Divino, Melchor, Gaspar y Baltasar, con el corazón renovado, dedicaron su tiempo a atender a las decenas de familias que abarrotaban la iglesia. Entre risas, miradas de asombro y alguna lágrima de emoción, los Reyes escucharon los deseos de los más pequeños y bendijeron con su presencia a los padres, recordándonos a todos que la fe se transmite en la ternura y en la alegría compartida.
Una velada inolvidable donde la tradición se hizo oración, y donde pudimos ver, a través de los ojos de los niños, el verdadero misterio de la Epifanía: Dios se manifiesta a quien lo busca con corazón sencillo.











































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