sábado, 10 de enero de 2026

Bautismo del Señor

Imagina el estremecimiento del propio río Jordán al sentir entrar en sus aguas al Creador de los océanos. Jesús, con los pies desnudos sobre el barro y el corazón desbordante de compasión, entra en la fila de los pecadores no como un juez, sino como un hermano que viene a rescatarnos. Al sumergirse, Cristo no solo toca el agua; toca nuestra soledad, nuestros miedos y esas heridas que nos avergüenzan y que escondemos de los demás. En ese silencio sagrado, Dios nos está gritando con su cuerpo que no existe rincón oscuro en nuestra vida donde Él no esté dispuesto a entrar para abrazarnos. Es la ternura infinita de un Dios que prefiere "mancharse" con nuestra realidad antes que dejarnos solos en ella.

Y entonces, el cielo se rasga, como si el corazón del Padre ya no pudiera contenerse más. Esa voz que rompe las nubes no es un trueno lejano, es una declaración de amor apasionado que atraviesa los siglos para llegar hoy a tu oído: "Tú eres mi hijo amado, mi predilecto". En un mundo que nos exige ser perfectos para ser aceptados, este Evangelio es el bálsamo que nuestra alma necesita desesperadamente. Nos dice que, antes de que hagas nada, antes de cualquier logro o fracaso, ya eres infinitamente valioso para Él. El Bautismo es ese beso eterno de Dios en tu frente que nada ni nadie podrá borrar jamás, recordándote que, pase lo que pase, siempre tendrás un hogar en el corazón del Padre.

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