En este pasaje, conocido como el inicio del "Sermón de la Montaña", Jesús nos entrega lo que el Papa Francisco ha llamado tantas veces el "carné de identidad" del cristiano. Al subir al monte y sentarse a enseñar, el Señor no busca imponernos una nueva lista de normas pesadas o prohibiciones, sino que nos revela el verdadero rostro de Dios y, con ello, el secreto de la auténtica felicidad humana. Las Bienaventuranzas son un mapa de vida sorprendente y contracultural: donde el mundo ve fracaso —en la pobreza, en la mansedumbre...—, Jesús ve un camino de plenitud. Nos invita a comprender que la dicha no depende de tenerlo todo bajo control, de acumular riquezas o de ser aplaudidos, sino de tener un corazón libre y confiado, capaz de dejar espacio a Dios y a los hermanos.
Sin embargo, este texto es también un abrazo de inmensa ternura para nuestra fragilidad. Cuando Jesús dice "bienaventurados los que lloran" o "los que tienen hambre y sed de justicia", nos está asegurando que Dios no es indiferente a nuestro dolor ni a nuestras luchas cotidianas; Él se pone del lado de quien sufre para ofrecer su consuelo y su herencia. Vivir las Bienaventuranzas es aceptar el reto de ser "artesanos de paz" y personas de corazón limpio en medio de nuestra realidad concreta, sabiendo que la santidad no es un privilegio de unos pocos héroes, sino la hermosa aventura de dejarse transformar por el amor de Cristo cada día, encontrando en Él la alegría que nada ni nadie nos puede arrebatar.
Sin embargo, este texto es también un abrazo de inmensa ternura para nuestra fragilidad. Cuando Jesús dice "bienaventurados los que lloran" o "los que tienen hambre y sed de justicia", nos está asegurando que Dios no es indiferente a nuestro dolor ni a nuestras luchas cotidianas; Él se pone del lado de quien sufre para ofrecer su consuelo y su herencia. Vivir las Bienaventuranzas es aceptar el reto de ser "artesanos de paz" y personas de corazón limpio en medio de nuestra realidad concreta, sabiendo que la santidad no es un privilegio de unos pocos héroes, sino la hermosa aventura de dejarse transformar por el amor de Cristo cada día, encontrando en Él la alegría que nada ni nadie nos puede arrebatar.

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