En este Evangelio, Jesús nos invita a mirar la vida con ojos nuevos. Cuando le cuentan tragedias ocurridas a otras personas, Él responde con una llamada a la conversión personal. No se trata de buscar culpables ni explicaciones en los sufrimientos ajenos, sino de revisar el propio corazón. Jesús nos recuerda que todos necesitamos cambiar, crecer, volver al amor de Dios. La Cuaresma es tiempo de conversión, no de juicio a los demás. Es una oportunidad para dejarnos transformar por la misericordia de Dios.
La parábola de la higuera es una imagen de esperanza. Aunque no ha dado fruto durante años, el dueño no se rinde con ella. Jesús es como ese viñador paciente que pide una oportunidad más, que cava, abona y cuida. Así actúa Dios con nosotros: no se cansa de esperarnos, de cuidarnos, de confiar en lo que podemos llegar a ser. No tengamos miedo de abrirle el corazón. Él no viene a condenarnos, sino a hacernos florecer.
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