Este domingo, segundo de Cuaresma, el Evangelio nos lleva al monte Tabor, donde Jesús se transfigura delante de Pedro, Santiago y Juan. Su rostro brilla como el sol y sus vestiduras se vuelven blancas como la luz. Es un adelanto de su gloria, un regalo para los discípulos antes de afrontar la cruz. Pedro, maravillado, quiere quedarse allí para siempre, pero la voz del Padre les recuerda lo esencial: "Este es mi Hijo amado, escuchadlo". La Transfiguración es una invitación a fijar nuestra mirada en Cristo, a escucharlo en medio de nuestras preocupaciones diarias y a confiar en Él, incluso cuando el camino se vuelva difícil.
Al igual que los discípulos, a veces quisiéramos quedarnos solo con los momentos de luz y evitar el sufrimiento, pero Jesús nos muestra que la gloria pasa por la cruz. La Cuaresma es un tiempo para fortalecer nuestra fe, para abrir los oídos y el corazón a la voz de Dios. ¿Cómo podemos escucharlo hoy? En la oración, en la Palabra, en los hermanos que nos necesitan. Que esta semana podamos subir con Jesús al monte de la oración y bajar con un corazón más dispuesto a seguirlo, confiando en que Él camina con nosotros en todo momento.
Al igual que los discípulos, a veces quisiéramos quedarnos solo con los momentos de luz y evitar el sufrimiento, pero Jesús nos muestra que la gloria pasa por la cruz. La Cuaresma es un tiempo para fortalecer nuestra fe, para abrir los oídos y el corazón a la voz de Dios. ¿Cómo podemos escucharlo hoy? En la oración, en la Palabra, en los hermanos que nos necesitan. Que esta semana podamos subir con Jesús al monte de la oración y bajar con un corazón más dispuesto a seguirlo, confiando en que Él camina con nosotros en todo momento.
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