Hoy, 8 de septiembre, la parroquia de Santa María de Cruces celebra con especial alegría la fiesta de Nuestra Señora de la Esclavitud, una jornada unida a la tradición y devoción de nuestro pueblo. La Iglesia celebra también en este día la Natividad de la Virgen María, y nosotros volvemos nuestra mirada hacia ella como Madre, discípula y mujer creyente, aquella que supo ponerse enteramente en manos de Dios y hacer de toda su vida un «sí» confiado y generoso.
María nos recuerda que creer no significa tener todas las respuestas ni vivir sin dificultades. Ella conoció la incertidumbre, el dolor, la espera y también la alegría. Pero en cada momento permaneció abierta a la voluntad de Dios. Su grandeza no está en haberse alejado de la vida cotidiana, sino precisamente en haber vivido lo cotidiano con una fe extraordinaria: acogiendo, sirviendo, acompañando y permaneciendo junto a Jesús hasta el final.
Celebrar a Nuestra Señora de la Esclavitud es también renovar nuestra confianza en su cercanía maternal. Ante ella podemos presentar nuestras alegrías y nuestras preocupaciones, nuestras familias, nuestros enfermos, a quienes atraviesan momentos de dificultad, a quienes buscan esperanza y a quienes necesitan encontrar de nuevo un camino. María no ocupa el lugar de Cristo, sino que nos conduce siempre hacia Él. Como en Caná, continúa diciéndonos: «Haced lo que Él os diga».
Que esta fiesta no sea solamente una hermosa tradición que repetimos cada año, sino una ocasión para renovar nuestra fe y nuestra manera de vivir. María nos invita a confiar más, a servir mejor, a mirar a los demás con compasión y a mantener encendida la esperanza incluso cuando el camino se vuelve difícil.
En este día de fiesta, pedimos especialmente a Nuestra Señora de la Esclavitud que proteja a nuestra parroquia de Santa María de Cruces, acompañe a cada uno de nuestros hogares y nos ayude a construir una comunidad cada vez más unida, acogedora y fiel al Evangelio.
Nuestra Señora de la Esclavitud, ruega por nosotros.
María nos recuerda que creer no significa tener todas las respuestas ni vivir sin dificultades. Ella conoció la incertidumbre, el dolor, la espera y también la alegría. Pero en cada momento permaneció abierta a la voluntad de Dios. Su grandeza no está en haberse alejado de la vida cotidiana, sino precisamente en haber vivido lo cotidiano con una fe extraordinaria: acogiendo, sirviendo, acompañando y permaneciendo junto a Jesús hasta el final.
Celebrar a Nuestra Señora de la Esclavitud es también renovar nuestra confianza en su cercanía maternal. Ante ella podemos presentar nuestras alegrías y nuestras preocupaciones, nuestras familias, nuestros enfermos, a quienes atraviesan momentos de dificultad, a quienes buscan esperanza y a quienes necesitan encontrar de nuevo un camino. María no ocupa el lugar de Cristo, sino que nos conduce siempre hacia Él. Como en Caná, continúa diciéndonos: «Haced lo que Él os diga».
Que esta fiesta no sea solamente una hermosa tradición que repetimos cada año, sino una ocasión para renovar nuestra fe y nuestra manera de vivir. María nos invita a confiar más, a servir mejor, a mirar a los demás con compasión y a mantener encendida la esperanza incluso cuando el camino se vuelve difícil.
En este día de fiesta, pedimos especialmente a Nuestra Señora de la Esclavitud que proteja a nuestra parroquia de Santa María de Cruces, acompañe a cada uno de nuestros hogares y nos ayude a construir una comunidad cada vez más unida, acogedora y fiel al Evangelio.
Nuestra Señora de la Esclavitud, ruega por nosotros.


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