sábado, 15 de agosto de 2026

Domingo XX del Tiempo Ordinario, A

La mujer cananea se acerca a Jesús llevando en el corazón el dolor de una madre y una esperanza que se niega a rendirse. Parece que Jesús guarda silencio, que no responde como ella espera, pero aquella mujer sigue llamándolo, se acerca, se postra ante Él y suplica: «Señor, ayúdame». Su fe atraviesa el silencio, las dificultades e incluso aquello que podría haberla hecho desistir. Y entonces escucha unas palabras maravillosas: «Mujer, qué grande es tu fe». También nosotros conocemos momentos en los que rezamos y parece que Dios calla, en los que pedimos y la respuesta no llega. Este Evangelio nos invita a no abandonar la confianza. Dios no es indiferente a nuestro sufrimiento; a veces, en el camino de la oración, hace crecer en nosotros una fe más profunda, humilde y perseverante. La cananea nos enseña a acudir a Jesús tal como somos, con nuestras heridas, nuestras preocupaciones y hasta con nuestra desesperación, porque para Él nadie queda fuera, nadie es demasiado pequeño y ninguna súplica hecha con fe pasa desapercibida. Cuando todo parezca no tener salida, sigamos diciendo con confianza: «Señor, ayúdame». A veces esas pocas palabras contienen toda una fe.