El Evangelio de hoy nos recuerda que Dios no mide nuestra vida con los mismos cálculos que nosotros. Los trabajadores que llegan a distintas horas reciben el mismo salario, y eso desconcierta a quienes han trabajado desde el principio; pero Jesús quiere mostrarnos que el amor de Dios no se reparte según nuestros méritos, sino que nace de su bondad y de su generosidad. A veces también nosotros miramos demasiado lo que reciben los demás, nos comparamos, pensamos que merecemos más o sentimos que la vida ha sido injusta con nosotros. Jesús nos invita a cambiar la mirada: en lugar de preguntarnos por qué otro ha recibido tanto, aprender a agradecer todo lo que nosotros hemos recibido. En la viña de Dios siempre hay sitio y nunca es demasiado tarde para responder a su llamada: puede llamarnos al amanecer o cuando ya cae la tarde, después de una vida entera de fe o en medio de una historia llena de dudas, heridas y búsquedas. Lo importante es dejarnos encontrar por Él. Dios no quiere que nadie se quede fuera, esperando sin esperanza; sale una y otra vez a buscarnos porque cada persona es valiosa para Él. Por eso, este Evangelio nos invita a alegrarnos del bien de los demás, a abandonar comparaciones y resentimientos y, sobre todo, a confiar en un Dios cuya justicia es inseparable de la misericordia, un Dios que siempre da más de lo que podríamos exigir y que nunca se cansa de abrirnos las puertas de su viña.

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