En el evangelio del 6º domingo de Pascua, Jesús nos habla con la ternura de quien sabe que sus discípulos van a sentirse solos, pero no los deja abandonados: les promete el Espíritu Santo, aquel que permanece con nosotros y nos ayuda a vivir desde dentro la fe. Jesús une el amor a Él con el cumplimiento de sus mandamientos, no como una carga pesada, sino como el camino concreto para que el amor no se quede en palabras bonitas. Amar a Cristo es dejar que su modo de vivir transforme nuestras decisiones, nuestras relaciones, nuestra manera de mirar a los demás y de afrontar las dificultades. En medio de una vida tantas veces marcada por prisas, cansancios y miedos, este evangelio nos recuerda que no estamos huérfanos: Cristo resucitado sigue vivo, cercano y presente en quienes lo aman. Su Espíritu nos sostiene, nos consuela y nos da fuerza para ser testigos de esperanza. Por eso, la Pascua no es solo una alegría que celebramos en la Iglesia, sino una vida nueva que estamos llamados a llevar a casa, al trabajo, a la familia y a cada encuentro cotidiano. Quien se sabe amado por Jesús aprende también a amar mejor.

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