En el Evangelio del cuarto domingo de Cuaresma, Jesús no solo devuelve la vista a un ciego de nacimiento, sino que nos enseña que la peor ceguera no es la de los ojos, sino la del corazón que se cierra a Dios. Mientras aquel hombre va haciendo un camino de fe, pasando de conocer a Jesús de oídas a reconocerlo como Señor, los fariseos, que creen ver con claridad, se van quedando cada vez más encerrados en su orgullo. También a nosotros nos puede pasar: podemos tener ojos abiertos y, sin embargo, no descubrir la presencia de Dios en nuestra vida, en los demás y en lo que estamos viviendo. La Cuaresma es precisamente ese tiempo en el que el Señor quiere tocar nuestros ojos interiores para que dejemos de vivir en sombras y aprendamos a mirar con fe, con humildad y con verdad. Solo quien se deja iluminar por Cristo empieza a ver de verdad.

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