En el evangelio de hoy, leemos este pasaje central del Sermón de la Montaña, donde Jesús nos revela que no ha venido a abolir la Ley de Moisés ni las enseñanzas de los Profetas, sino a llevarlas a su plenitud definitiva, mostrándonos que la verdadera justicia supera el mero cumplimiento externo y legalista para adentrarse en la rectitud del corazón. El Señor nos enseña que la observancia de los mandamientos no debe ser un límite mínimo para evitar el castigo, sino un horizonte de amor que requiere una adhesión total de la voluntad, transformando así: nuestras intenciones más íntimas, nuestros deseos ocultos, nuestra relación con el prójimo y nuestra sinceridad ante Dios. De este modo, Cristo nos invita a comprender que la Ley alcanza su perfección cuando dejamos que la caridad sea la que da origen, forma, sentido y finalidad a cada uno de nuestros actos morales.
Profundizando en la raíz de la conducta humana, Jesús utiliza la autoridad divina para radicalizar las exigencias éticas, advirtiéndonos que el pecado no solo reside en el acto consumado, sino que germina en las actitudes interiores que a menudo toleramos o ignoramos. Al contraponer lo antiguo con su «pero yo os digo», el Maestro nos llama a una santidad superior que implica cuatro desafíos concretos: El homicidio empieza cuando se consiente el desprecio; el adulterio se gesta cuando la mirada convierte al otro en objeto; el vínculo matrimonial se protege como un don y una responsabilidad, no como algo descartable; la palabra debe ser tan limpia que no necesite juramentos para resultar creíble. Así, el cristiano está llamado a una coherencia de vida donde su palabra sea un reflejo de la Verdad divina, mostrando al mundo que somos hijos de un Padre que es justo, fiel, veraz y misericordioso.
Profundizando en la raíz de la conducta humana, Jesús utiliza la autoridad divina para radicalizar las exigencias éticas, advirtiéndonos que el pecado no solo reside en el acto consumado, sino que germina en las actitudes interiores que a menudo toleramos o ignoramos. Al contraponer lo antiguo con su «pero yo os digo», el Maestro nos llama a una santidad superior que implica cuatro desafíos concretos: El homicidio empieza cuando se consiente el desprecio; el adulterio se gesta cuando la mirada convierte al otro en objeto; el vínculo matrimonial se protege como un don y una responsabilidad, no como algo descartable; la palabra debe ser tan limpia que no necesite juramentos para resultar creíble. Así, el cristiano está llamado a una coherencia de vida donde su palabra sea un reflejo de la Verdad divina, mostrando al mundo que somos hijos de un Padre que es justo, fiel, veraz y misericordioso.

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