Jesús nos mira y nos llama “sal de la tierra” y “luz del mundo”. No lo dice para halagarnos, sino para recordarnos una misión: dar sabor y sentido a la vida desde dentro. La sal no hace ruido, se disuelve; pero cambia el alimento. Así también el discípulo: no vive para destacar, sino para conservar lo bueno, frenar lo que corrompe y despertar el gusto por Dios. Y si la sal se vuelve sosa —si la fe se queda en palabras, rutinas o apariencias— deja de cumplir su tarea. El Evangelio nos pregunta con cariño y claridad: ¿mi manera de vivir ayuda a los demás a encontrar esperanza?
Luego Jesús habla de la luz: no se enciende una lámpara para esconderla, sino para que alumbre. La fe no es un tesoro privado; es una alegría que se nota en obras concretas. “Que vean vuestras buenas obras” no significa buscar aplausos, sino transparentar a Dios con gestos sencillos: una palabra que consuela, una reconciliación, un servicio discreto, una justicia cotidiana, una familia que cuida y perdona. Cuando la luz es auténtica, no nos pone en el centro: lleva a los demás a glorificar al Padre. Eso es lo precioso del cristiano: vivir de tal modo que, al mirarnos, se intuya que Dios es bueno.
Luego Jesús habla de la luz: no se enciende una lámpara para esconderla, sino para que alumbre. La fe no es un tesoro privado; es una alegría que se nota en obras concretas. “Que vean vuestras buenas obras” no significa buscar aplausos, sino transparentar a Dios con gestos sencillos: una palabra que consuela, una reconciliación, un servicio discreto, una justicia cotidiana, una familia que cuida y perdona. Cuando la luz es auténtica, no nos pone en el centro: lleva a los demás a glorificar al Padre. Eso es lo precioso del cristiano: vivir de tal modo que, al mirarnos, se intuya que Dios es bueno.

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