El Evangelio de hoy nos muestra a un Jesús que no se queda esperando en lo sagrado del templo, sino que se adentra en la "Galilea" de nuestra vida real, caminando por las orillas de nuestra cotidianidad donde trabajamos, nos cansamos y a veces perdemos la esperanza. Al acercarse a unos pescadores con manos curtidas y olor a mar, Dios nos revela que su llamada no es un premio para los perfectos, sino una invitación amorosa que irrumpe en medio de nuestra rutina para ofrecernos una vida más plena y con sentido. Su "sígueme" es una luz capaz de disipar nuestras tinieblas personales; nos pide la valentía de soltar las "redes" -esos apegos, miedos o comodidades que nos atrapan y no nos dejan avanzar- para confiar en Él y convertirnos, desde nuestra pequeñez, en instrumentos de su sanación para el mundo. Que hoy, al celebrar el Domingo de la Palabra de Dios, abramos el corazón a las Escrituras para dejar que esa voz viva de Cristo siga pronunciando nuestro nombre y transformando nuestra historia.

No hay comentarios:
Publicar un comentario