El Evangelio de este domingo nos sitúa ante el misterio más asombroso de la historia: la Palabra que dio origen al universo no se quedó en el silencio de las estrellas, sino que "se hizo carne y acampó entre nosotros". Para nosotros, esto no es solo un concepto abstracto, sino un acontecimiento profundamente humano. Dios no envía un mensaje escrito, sino que se hace Alguien a quien podemos tocar, escuchar y amar. Al "plantar su tienda" en nuestra fragilidad, Jesús dignifica cada aspecto de nuestra existencia -nuestros miedos, nuestras alegrías y nuestras fatigas-, recordándonos que nadie está solo. Incluso para quien no tiene fe, este texto resuena como un canto a la dignidad humana: pues si lo divino ha querido habitar en lo humano, es porque nuestra vida tiene un valor infinito que nada ni nadie puede arrebatar.
Esta "Luz que brilla en las tinieblas" nos invita a mirar el mundo con una esperanza renovada. San Pablo nos recuerda en la segunda lectura que hemos sido pensados y amados desde antes de la creación, lo cual nos saca del anonimato y nos otorga una identidad de hijos. En un mundo a menudo fragmentado, el mensaje de este domingo es una llamada a la acogida: así como la Sabiduría buscó un lugar donde descansar en la tierra, hoy esa presencia busca un espacio en la bondad de nuestros gestos diarios. La Navidad que seguimos celebrando nos enseña que la verdadera grandeza no está en el poder, sino en la capacidad de reconocer que la vida es un don compartido. Al final, el Prólogo de Juan es una invitación a confiar en que la luz siempre es más fuerte que la oscuridad, y que cada persona es un destello de esa Verdad que ha venido a caminar a nuestro lado.
Esta "Luz que brilla en las tinieblas" nos invita a mirar el mundo con una esperanza renovada. San Pablo nos recuerda en la segunda lectura que hemos sido pensados y amados desde antes de la creación, lo cual nos saca del anonimato y nos otorga una identidad de hijos. En un mundo a menudo fragmentado, el mensaje de este domingo es una llamada a la acogida: así como la Sabiduría buscó un lugar donde descansar en la tierra, hoy esa presencia busca un espacio en la bondad de nuestros gestos diarios. La Navidad que seguimos celebrando nos enseña que la verdadera grandeza no está en el poder, sino en la capacidad de reconocer que la vida es un don compartido. Al final, el Prólogo de Juan es una invitación a confiar en que la luz siempre es más fuerte que la oscuridad, y que cada persona es un destello de esa Verdad que ha venido a caminar a nuestro lado.
