domingo, 1 de febrero de 2026

La Candelaria y la Jornada Mundial de la Vida Consagrada: luz y entrega

Mañana la Iglesia nos invita a celebrar la fiesta de la Presentación del Señor, conocida como la Candelaria, y la Jornada Mundial de la Vida Consagrada.

En la Presentación del Señor, contemplamos a Jesucristo, ofrecido al Padre en el Templo. A través del signo de las candelas, proclamamos con fe que Él es la Luz verdadera que ilumina nuestra vida y nuestra historia. Esta fiesta nos recuerda que todos estamos llamados a acoger esa luz y a reflejarla en medio del mundo.

En este mismo día, la Iglesia dirige su mirada agradecida a quienes han respondido a la llamada del Señor en la vida consagrada. Religiosas, religiosos y consagrados viven como signo visible de que Dios basta, entregando su vida en la oración, la misión, la enseñanza, la caridad y el servicio a los más necesitados.

La Jornada Mundial de la Vida Consagrada es una ocasión para dar gracias, y rezar por este don tan importante para la Iglesia. Su testimonio nos anima a vivir con mayor fidelidad nuestro propio bautismo y a mantener encendida la luz de la fe.

Como comunidad parroquial, celebremos esta jornada pidiendo al Señor que siga llamando a muchos corazones y que sostenga con su gracia a quienes ya han dicho sí.

San Blas, testigo de fe y esperanza

El próximo martes, 3 de febrero, celebraremos la fiesta de San Blas, santo muy venerado en la Iglesia y especialmente cercano a la devoción popular. Vivió entre los siglos III y IV y fue obispo de Sebaste, en la actual Armenia. Médico de profesión antes de ser pastor, dedicó su vida al cuidado de los enfermos y a la predicación del Evangelio.

La tradición cuenta que, aun estando preso por causa de su fe, San Blas salvó milagrosamente a un niño que se ahogaba con una espina en la garganta. De este hecho nace la costumbre de invocar su intercesión para las enfermedades de la garganta y de recibir su bendición.

San Blas fue finalmente martirizado por no renunciar a Cristo. Su testimonio nos anima a vivir una fe coherente, valiente y compasiva, especialmente con quienes sufren.

En nuestra parroquia, celebraremos su fiesta el martes con la Misa de las 20:00 h de la tarde, pidiendo al Señor, por intercesión de San Blas, que nos conceda salud y confianza en su amor.

Que la vida de san Blas nos ayude a renovar nuestra fe y a vivirla con obras concretas de caridad.

San Blas, intercede por nosotros.

sábado, 31 de enero de 2026

Oración ecuménica en nuestra parroquia

Ayer sábado, la parroquia de Padrón se convirtió en un verdadero Cenáculo. Vivimos una oración ecuménica, uniéndonos a la Iglesia universal en esta Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos.

¿Por qué es esto tan importante? 🤔 Hay quien piensa que el ecumenismo es solo "llevarnos bien" o un simple acto de diplomacia. Pero la Iglesia nos enseña que es mucho más: la unidad es un mandato de Cristo.

Antes de la Pasión, Jesús no pidió éxito ni poder; pidió al Padre: "Que todos sean uno... para que el mundo crea" (Jn 17, 21). La división entre los cristianos es una herida en el Cuerpo de Cristo que debilita el anuncio del Evangelio. Por eso, lo que vivimos ayer en Padrón no fue un simple evento, sino un acto de obediencia y amor.

El Concilio Vaticano II nos enseñó que la oración es el alma de todo movimiento ecuménico. No podemos lograr la unidad solo con fuerzas humanas; es un don del Espíritu Santo que debemos pedir.

Como nos recuerda el lema de este año, inspirado en la carta a los Efesios y que vemos en el cartel: hay un solo Cuerpo y un solo Espíritu, igual que una sola es la esperanza a la que hemos sido llamados.

Ayer en Padrón, renovamos el compromiso de caminar juntos, reconociendo que lo que nos une (el Bautismo y la fe en Cristo) es infinitamente más fuerte que lo que nos separa.







 

viernes, 30 de enero de 2026

Celebración Ecuménica en Padrón

La parroquia de Padrón acogerá mañana, a las doce del mediodía, un encuentro abierto a todos para compartir un momento de oración bajo el lema "Un solo espíritu, una sola esperanza".

 
Mañana, a las 12:00 horas, las puertas de la parroquia de Padrón se abrirán para acoger una celebración distinta. Se trata de un encuentro ecuménico, una invitación dirigida no solo a los fieles habituales, sino a cualquiera que desee construir una sociedad más fraterna.

Quizás la palabra "ecumenismo" suene extraña o técnica para algunos, pero su significado es sencillo. Según explica la Iglesia, el ecumenismo no es una reunión política ni una negociación entre instituciones, es sencillamente un movimiento impulsado por el Espíritu Santo para recuperar la unidad de todos los cristianos.

Imaginemos una familia que, por diversas circunstancias de la historia, se ha ido distanciando. El ecumenismo es el camino de reencuentro de esa familia. No se trata de que unos ganen y otros pierdan, ni de buscar la uniformidad anulando las riquezas de cada uno. Se trata de caminar juntos, de orar juntos y de dialogar, reconociendo que lo que nos une es mucho más fuerte que lo que nos separa.

Tal como enseña la Tradición de la Iglesia (especialmente desde el Concilio Vaticano II), la división entre los cristianos contradice la voluntad de Jesús, quien pidió "que todos sean uno... para que el mundo crea". Por eso, trabajar por la unidad es un deber de todo cristiano y un servicio a la humanidad, pues busca sembrar concordia y paz en un mundo a menudo fragmentado.

El acto de mañana pondrá el acento en lo que se conoce como "ecumenismo espiritual". Esto significa que el centro será la oración y el cambio de corazón. No hace falta ser un experto en teología para participar; basta con tener el deseo de ser un instrumento de paz.

En un tiempo donde a veces reinan la indiferencia o el conflicto, esta celebración es una oportunidad para detenerse y compartir una misma esperanza. Como recuerda el lema de este año, "Un solo espíritu, una sola esperanza", todos estamos invitados a redescubrir que podemos vivir como hermanos.

¡Os esperamos mañana a las doce en la parroquia!

jueves, 29 de enero de 2026

IV Domingo del Tiempo ordinario, A

En este pasaje, conocido como el inicio del "Sermón de la Montaña", Jesús nos entrega lo que el Papa Francisco ha llamado tantas veces el "carné de identidad" del cristiano. Al subir al monte y sentarse a enseñar, el Señor no busca imponernos una nueva lista de normas pesadas o prohibiciones, sino que nos revela el verdadero rostro de Dios y, con ello, el secreto de la auténtica felicidad humana. Las Bienaventuranzas son un mapa de vida sorprendente y contracultural: donde el mundo ve fracaso —en la pobreza, en la mansedumbre...—, Jesús ve un camino de plenitud. Nos invita a comprender que la dicha no depende de tenerlo todo bajo control, de acumular riquezas o de ser aplaudidos, sino de tener un corazón libre y confiado, capaz de dejar espacio a Dios y a los hermanos.

Sin embargo, este texto es también un abrazo de inmensa ternura para nuestra fragilidad. Cuando Jesús dice "bienaventurados los que lloran" o "los que tienen hambre y sed de justicia", nos está asegurando que Dios no es indiferente a nuestro dolor ni a nuestras luchas cotidianas; Él se pone del lado de quien sufre para ofrecer su consuelo y su herencia. Vivir las Bienaventuranzas es aceptar el reto de ser "artesanos de paz" y personas de corazón limpio en medio de nuestra realidad concreta, sabiendo que la santidad no es un privilegio de unos pocos héroes, sino la hermosa aventura de dejarse transformar por el amor de Cristo cada día, encontrando en Él la alegría que nada ni nadie nos puede arrebatar.

sábado, 24 de enero de 2026

Domingo III del Tiempo Ordinario, A

El Evangelio de hoy nos muestra a un Jesús que no se queda esperando en lo sagrado del templo, sino que se adentra en la "Galilea" de nuestra vida real, caminando por las orillas de nuestra cotidianidad donde trabajamos, nos cansamos y a veces perdemos la esperanza. Al acercarse a unos pescadores con manos curtidas y olor a mar, Dios nos revela que su llamada no es un premio para los perfectos, sino una invitación amorosa que irrumpe en medio de nuestra rutina para ofrecernos una vida más plena y con sentido. Su "sígueme" es una luz capaz de disipar nuestras tinieblas personales; nos pide la valentía de soltar las "redes" -esos apegos, miedos o comodidades que nos atrapan y no nos dejan avanzar- para confiar en Él y convertirnos, desde nuestra pequeñez, en instrumentos de su sanación para el mundo. Que hoy, al celebrar el Domingo de la Palabra de Dios, abramos el corazón a las Escrituras para dejar que esa voz viva de Cristo siga pronunciando nuestro nombre y transformando nuestra historia.

jueves, 15 de enero de 2026

II Domingo del Tiempo Ordinario, A

Imagina por un momento la escena: Juan el Bautista, un hombre austero y curtido, ve acercarse a Jesús entre la multitud y su corazón da un vuelco. No lo señala como un juez severo ni como un rey poderoso, sino con una imagen que desborda ternura y entrega: «Este es el Cordero de Dios». Al decir esto, Juan nos está presentando a un Dios que no viene a aplastarnos con su poder, sino a cargar sobre sus hombros todo aquello que nos pesa, nos duele y nos aleja del amor. Jesús es el "Cordero" porque se hace vulnerable por nosotros; es quien tiene la fuerza de «quitar el pecado del mundo», liberándonos de nuestras equivocaciones, de nuestras heridas y de esa soledad que a veces sentimos. En un mundo donde a menudo nos definimos por nuestros fallos o por lo que tenemos, Jesús nos mira y nos ofrece una página en blanco, asumiendo Él mismo nuestras cargas para que nosotros podamos caminar ligeros y en paz.

Pero Juan no se queda solo en la emoción del encuentro; da un paso más allá y se convierte en testigo: «Yo lo he visto y doy testimonio». Algo que destaca en este relato es la humildad de Juan, quien reconoce que al principio "no lo conocía" del todo, pero que supo ver en Jesús el descenso del Espíritu Santo. La fe no es saberse todas las respuestas de memoria, sino estar atentos a cómo Dios se hace presente en nuestra vida cotidiana. El Bautista nos invita hoy a no guardarnos la alegría para nosotros mismos. Si has sentido alguna vez que Dios te perdonaba, que te consolaba o que te daba fuerzas cuando no las tenías, estás invitado a hacer lo mismo que Juan: señalar a Jesús con tu vida y decirles a los demás, con sencillez: «Mirad, ahí está quien da sentido a todo, el Hijo de Dios».

sábado, 10 de enero de 2026

Bautismo del Señor

Imagina el estremecimiento del propio río Jordán al sentir entrar en sus aguas al Creador de los océanos. Jesús, con los pies desnudos sobre el barro y el corazón desbordante de compasión, entra en la fila de los pecadores no como un juez, sino como un hermano que viene a rescatarnos. Al sumergirse, Cristo no solo toca el agua; toca nuestra soledad, nuestros miedos y esas heridas que nos avergüenzan y que escondemos de los demás. En ese silencio sagrado, Dios nos está gritando con su cuerpo que no existe rincón oscuro en nuestra vida donde Él no esté dispuesto a entrar para abrazarnos. Es la ternura infinita de un Dios que prefiere "mancharse" con nuestra realidad antes que dejarnos solos en ella.

Y entonces, el cielo se rasga, como si el corazón del Padre ya no pudiera contenerse más. Esa voz que rompe las nubes no es un trueno lejano, es una declaración de amor apasionado que atraviesa los siglos para llegar hoy a tu oído: "Tú eres mi hijo amado, mi predilecto". En un mundo que nos exige ser perfectos para ser aceptados, este Evangelio es el bálsamo que nuestra alma necesita desesperadamente. Nos dice que, antes de que hagas nada, antes de cualquier logro o fracaso, ya eres infinitamente valioso para Él. El Bautismo es ese beso eterno de Dios en tu frente que nada ni nadie podrá borrar jamás, recordándote que, pase lo que pase, siempre tendrás un hogar en el corazón del Padre.